14 de octubre de 2007

Hutus y tutsis: las raíces

El periodista Ryszard Kapuscinski explica, en su libro 'Ébano', los orígenes del genocidio de Ruanda de 1994. Aquel año, las tribus rivales de hutus y tutsis se lanzaron a una guerra sin cuartel. La masacre acabó con la vida de alrededor de un millón de personas.


Los tutsis no son pastores ni nómadas, ni siquiera ganaderos. Son dueños de los rebaños, son la casta dominante, la aristocracia. Los hutus, en cambio, forman la casta, mucho más numerosa, de los agricultores. Entre tutsis y hutus dominaban unas relaciones feudales: el tutsi era el señor y el hutu, su vasallo.
Paulatinamente, a mediados del siglo XX, crece un conflicto dramático entre las dos castas. Lo que se disputan es la tierra. Ruanda es pequeña, montañosa y muy densamente poblada. Como sucede a menudo en África, también en Ruanda llega a producirse una lucha entre los que viven de criar ganado y los que cultivan la tierra. Sólo que en el resto del continente las extensiones son tan vastas que una de las partes puede retirarse y ocupar territorios libres, con lo cual el foco de la guerra se apaga. En Ruanda tal solución es imposible: no hay lugar al que retirarse, no hay adonde retroceder. Entretanto, crecen los rebaños propiedad de los tutsis y se necesitan cada vez más pastos (...).
De manera que de un lado tenemos tropeles de vacas en poderosa expansión -símbolo de la riqueza y fuerza de los tutsis-, y de otro, a unos hutus apretujados, presionados y acorralados: no hay sitio, no hay tierra suficiente, alguien tiene que marcharse o morir. He aquí el panorama de Ruanda en los años cincuenta, cuando en escena aparecen los belgas.
Hasta entonces, los belgas habían gobernado Ruanda apoyándose en los tutsis. Pero éstos forman la capa más instruida y ambiciosa de Ruanda, y son precisamente ellos los que exigen la independencia. Y además, ¡ya!, cosa para la que los belgas no están preparados en absoluto. Así que Bruselas, bruscamente, cambia de táctica: abandona a los tutsis y empieza apoyar a los hutus, más sumisos y dispuestos a compromisos. comienza por iniciarlos contra los tutsis.
Los efectos de tal política no se hacen esperar. Los hutus, animados y envalentonados, se lanzan a la lucha. En 1959 estalla en Ruanda una sublevación campesina (...). Nutridos grupos de campesinos hutus, desbocados y armados con machetes, azadas y lanzas, se abalanzaron, como un vendaval incontrolado, sobre sus amos y señores tutsis. Había dado comienzo una gran masacre, que África no había visto en mucho tiempo. Los campesinos quemaban las fincas de sus amos y a ellos mismos los degollaban y les rompían el cráneo. Ruanda estaba en llamas y la sangre corría a raudales (...).
En aquel momento, el país contaba con 2,6 millones de habitantes, entre los cuales el número de tutsis se elevaba a trescientos mil. Se calcula que murieron asesinados varias decenas de miles de tutsis y que otros tantos huyeron a los países vecinos: el Congo, Uganda, Tanganica y Burundi. La monarquía y el feudalismo dejaron de existir y la casta tutsi perdió so posición dominante.
Tanto hutus como tutsis despiertan de aquella revolución como de una pesadilla. Unos y otros han pasado por el trance de una masacre, los primeros causándola y los segundos sufriéndola como víctimas, y semejante experiencia deja en la gente una huella atormentadora e imborrable. En aquellos momentos los sentimientos de los hutus son contradictorios. Por una parte, han vencido a sus señores, se han sacudido el yugo del feudalismo y, por primera vez en la historia del país, se han hecho con el poder; pero por otra, no han derrotado a sus amos por completo, no los han eliminado, y esa conciencia de que el adversario ha sido gravemente herido, pero sólo eso, de que sigue vivo y buscará venganza, ha sembrado en sus corazones un miedo atroz e invencible.
El miedo a la venganza está profundamente arraigado en la mentalidad africana, y a sempiterna ley del desquite desde siempre ha regido allí las relaciones humanas, tanto entre personas como entre clanes. Y hay razones para tener miedo. Aunque los hutus han tomado la montañosa fortaleza de Ruanda y han instalado su gobierno, queda en ella, sin embargo, la quinta columna de los tutsis (unas cien mil personas), y en segundo lugar -cosa tal vez más peligrosa todavía-, la fortaleza está rodeada por cinturones de campamentos de tutsis expulsados de ella el día anterior.

10 de octubre de 2007

Tiempo europeo, tiempo africano

Arriba, Londres. Abajo, Kumasi (Ghana).

Fragmento de 'ÉBANO', de Ryszard Kapuscinski

El europeo y el africano tienen un sentido del tiempo completamente diferente; lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: "Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, transcurre uniforme; y no en función de alguna cosa exteroir". El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se muueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.

Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses). El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).

El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en un estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre.

Todo lo contrario de la manera de pensar europea.

Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: "¿Cuándo se celebrará la reunión?" La respuesta se conoce de antemano: "Cuando acuda la gente".

9 de octubre de 2007

El dentista mileurista

Garmor, en un café de París poco antes de visitar al dentista. / RENOIR (AFP)

Los dentistas cobran mil euros al mes... por paciente. Lo demuestra la factura del tratamiento dental al que debo someterme: 1.075,08 euros. Casi nada. Para un mileurista supone el pago inmediato de casi dos salarios. En fin, indignante. Y eso que había acudido a una clínica del barrio de La Salut de Badalona, cual humilde siervo, para aplacar un irresistible dolor de muelas que comenzó el viernes, secretamente, en un bar musical de Santaló: el Silk. Lo atractivo del bar, al margen de las camareras piel canela, es que los cubatas estaban a 3,5 euros. Hecha la ley, hecha la trampa: los vasos iban cargados hasta arriba de enormes cubitos de hielo que explican, en parte, la desintegración del Ártico. Aquel frío glacial se coló, sin que yo lo advirtiera hasta el día siguiente, en una muela dañada por mi adicción al chocolate y a los donuts con mucho azúcar.

El dolor de muelas empezó a remitir ayer, cuando ya andaba drogado por los efectos perversos del Ibuprofeno. Sin embargo, la revisión médica ya está hecha y no tengo más remedio que iniciar el "tratamiento". Ialea acta est. En un mes estaré listo, según me ha asegurado un hombre bajito y amanerado con un cargo pomposo que no le va nada: el de "asesor odontológico". He visitado al dentista a primera hora de la mañana. He ido con la seguridad de quien se sabe liberado de la intensidad del dolor, dispuesto a exhibir mi condición de hombre de mundo para que, de entrada, no se les llegara a ocurrir, ni reomtamente, la posibilidad de tomarme el pelo. A la mínima ocasión, ha pensado, les diré a los doctores y a las enfermeras (qué machista, eh) que soy periodista. Que es como decir "alto, puedo venir aquí a hacer un reportaje de investigación con cámara oculta, a lo Milá, y hacer que os cierren el chiringuito".


Al final me he contenido y, tras permanecer sentado unos 15 minutos en la sala de espera, me han llevado a la habitación del pánico. Hacía por lo menos cuatro años que no pisaba una clínica dental. Casi el mismo tiempo que llevo sin jugar en serio un partido de baloncesto. Aunque nunca antes había estado en esa clínica en particular, todo ha aparecido como lo recordaba, y como se presentaba en mis sueños: el asiento, cómodo pero inquietante; el flexo, una amenaza lumínica incesante; y el brazo móvil de los utensilios, el peor enemigo del hombre de a pie. Al llegar la doctora, he intentado hacerme el gracioso para mostrar, con mi sutil ironía, que yo estaba por encima de toda aquella situación y que quizá hasta podría invitarme a tomar un café después de la visita. "A ver, ¿qué te pasa?". "Nada, ya sabe cómo somos la gente... sólo venimos cuando empezamos a sentir dolor", le he contestado siguiendo la pauta humorística de Karthi.


La doctora me ha hecho abrir levemente la boca y me ha metido una cuchara de doctores. Durante la examinación ha habido momentos inquietantes. Sobre todo, cuando se ha puesto a dictar coordenadas (letras, números, letras, números) al asesor odontológico, que para más inri seguía allí e iba anotando fielmente cada una de las indicaciones. Era como si, a mi costa, se divirtieran con el "Hundir los barcos", aquel famoso juego de mesa: "R14, B18, K34". Lo que yo no podía prever (esto es un mero recurso literario, pues lo imaginaba perfectamente) es que cada una de esas indicaciones correspondía a un tipo de anomalía en mi boca que debía ser reparada por una gran suma de dinero. Los dentistas son especialistas en eso: vas por un simple dolor de muelas y te sacan de todo. Como consultores matrimoniales no tendrían precio. Claro que ahora, visto lo que cobran por cada una de mis espeluznantes deficiencias bucales, parece que tampoco lo tienen. Son responsables directos del aumento de los precios y de la carestía de los alimentos.

Asustado aún, he pasado a una salita de "atención al paciente", tras los pasos del asesor odontológico. Lo más divertido ha sido ver cómo el pobre hombre me presentaba el presupuesto. "Ya sé que la cifra asusta un poco, pero piensa que las muelas del juicio te las puede quitar la Seguridad Social gratis, y eso que te ahorras". Ante tal evidencia, y con la omnipresente cifra de 1.075,08 euros en la cabeza, uno no puede más que decir: "Sí, sí..." Le he pedido, eso sí, que me traduzca el significado de algunas expresiones apuntadas en la siniestra lista: endodoncia birradicular, perno muñón directo, corona metal cerámica. Esas tres intervenciones, las más caras, son "imprescindibles" para no sentir dolor. Ya es casualidad, eh. Leo también que la relación incluye hasta seis "reconstrucciones". Imagino que le pregunto si se cree Ferran Adrià, pero en lugar de eso le pido una aclaración. "Ah, eso son las caries". También veo que necesito cuatro curetajes de cuadrantes: por lo visto, acumulo "grandes cantidades de sarro" (el entrecomillado es mío, y está exagerado) en algunos dientes.

El dolor de muelas, que se había ido desvaneciendo a lo largo del día de ayer, es casi imperceptible hoy. De forma paralela a la desaparición del dolor, como si la realidad y la literatura se fundieran en una sola cosa (algo que un día, gracias al literalismo y a un nuevo tipo de fusión nuclear, sin duda ocurrirá) estaba leyendo el final de la novela "Un amor de Swann", de Marcel Proust. Tras meses y meses sintiendo una enorme aflicción por el desinterés de su amada Odette de Crécy, una mujer parisina de vida alegre y disoluta, al final del libro Charles Swann se recupera. Ya no la desea, ya no siente celos, ya sólo le queda un afecto entrañable hacia ella.

En Proust, el dolor del que está enamorado hasta las trancas da paso a una cierta vuelta a la normalidad. En el dentista mileurista, el dolor del que está jodido hasta las trancas da paso a un dolor aún más intenso: la obligación de gastar 1.075,08 euros en un tratamiento que ni me va a hacer más guapo ni mejor persona, pero que es, eso sí, "imprescindible para que se te quite el dolor", a juzgar por el asesor-ladrón odontólogo. Y luego son los políticos los que azuzan el fantasma del miedo y de la desconfianza. ¿Y los dentistas? Primero exhiben sin pudor su maquinaria bélica y luego te advierten de que, si no te sometes a sus deseos, puede que tu dolor crezca irremediablemente y que pierdas los dientes, la dignidad y la vida. No hay escapatoria: tengo que soltar la pasta. A cómodos plazos y sin intereses, pero tengo que soltarla. Por lo menos para que el dentista llegue a final de mes. Cabrones.

29 de julio de 2007

crónica andalusí

(en breve, el relato completo del viaje a Andalucía)

Arco de herradura en la fachada exterior de la mezquita de Córdoba. / J. G. B.

Lee ahora la introducción...

El cuaderno negro que acarician mis manos no es sólo la base manuscrita de esta crónica andalusí, sino su misma razón de ser. Dice la orgullosa publicidad de estas libretas de notas, las Moleskine, que antaño fueron utilizadas por personajes ilustres como Van Gogh, Picasso o Hemingway. La que ahora yo ojeo con una mezcla de desenfado y vergüenza –de mi puño salen grafías casi ininteligibles– debiera estar en manos de un genio de lo por venir: mi buen amigo Morgar. Tal era el destino de este humilde cuaderno, que costó poco menos de diez euros en una papelería del centro de Badalona: recorrer miles de kilómetros hasta las nalgas de Asia para que el poeta pratense reflejara, con su buen hacer, las gestas y las tropelías de la República a su paso por el río Mekong. Garmor se encargaría después de pregonar el saco de Thai cual rapsoda helénico.

Pero el cuaderno, enfundado aún en su plástico transparente, nunca llegó al continente más poblado de la tierra. Presa de una amarga desdicha, Garmor lo miró atentamente. Se dio cuenta entonces de que tenía una cita con la historia, y una deuda literaria con Morgar. Y se llevó la libreta consigo, como única y pendenciera acompañante de un apasionante viaje por Andalucía.

... y próximamente, el primer capítulo: Sevilla.

14 de enero de 2007

Griegos y cristianos frente al valor

ILUSTRACIONES: Arriba - 'La muerte de Sócrates', del pintor francés Jacques Louis David; Abajo - 'Martirio de San Sebastián', de Paolo Vasta

Sócrates murió serenamente -pudiendo haberse salvado- para acatar las leyes de la ciudad, y durante siglos fue un ejemplo de valor fervorosamente ensalzado. Se convirtió en un modelo para la cultura occidental. Siglos después, se le comparó con Jesucristo, otro gran ejemplo de valor. Pero entre ambos había muy pocas semejanzas. Según los Evangelios, también Jesús pudo librarse de la muerte, y no quiso. Como Sócrates. Pero las analogías terminaban ahí. La figura atormentada de Cristo dista mucho de la tranquila, impávida, teatralmente insensible de Sócrates. Antes de su muerte, Sócrates charla de filosofía con sus amigos; en cambio, la víspera de su crucifixión, Cristo suda sangre, de pura angustia. Tiene miedo y suplica a Dios que le libre del suplicio.

El valor cristiano no tiene el aspecto imponente, frío, estéticamente irreprochable, del valor clásico. Es una valentía medrosa, sufriente, con temor y temblor, humilde, humana. En su teología, Kierkegaard llevó esta presencia de la angustia hasta el paroxismo. Mientras que el sabio estoico demuestra su dominio de sí y de las circunstancias, y despliegue su autonomía con la elegancia y la displicencia de quien extiende un manto regio o una cola de pavo real, el cristiano se siente débil, incapaz, menesteroso. Pero piensa que Dios le dará fuerza. Lo que es imposible para el hombre -entre otras cosas, ser valiente- es posible para Dios. "Todo lo espero en Aquel que me conforta, es decir, que me da fuerza". La fortaleza es un don divino. Como dice San Pablo: "No es un espíritu de cobardía lo que Dios nos ha dado, sino un espíritu de fortaleza" (II, Tim. 1, 7). Las actas de los mártires cuentan la historia de pobres gentes asustadas que se enfrentan al martirio con un valor que no comprenden y que han recibido como un terrible regalo.

Lo que para el griego clásico era morir en batalla -la culminación del valor-, va a ser para el cristiano el martirio. Pero entre ambas muertes, sin embargo, hay una radical diferencia. En una se afirma la autarquía del yo, en otra se afirma la obediencia a Dios. Ambos tipos de valentía -la que emerge de la fuerza personal y la que se recibe de Dios- van a continuar vigentes en la historia occidental, mezclándose de diferentes maneras, lo que dará origen a una página emocionante de nuestra historia íntima.

JOSÉ ANTONIO MARINA en Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía

13 de enero de 2007

Tu madre es una criada

ILUSTRACIÓN: 'La criada', del pintor holandés Vermeer de Delft

Albert Camus cuenta en El primer hombre, esa autobiografía narrada al modo de una novela, un suceso conmovedor. Gracias a la ayuda de su profesor, Camus consigue una beca para ir al instituto. Allí se encuentra con niños procedentes de otros medios sociales, y comienza a sentirse aislado, porque sólo su amigo Pierre viene del mismo barrio que él. En ese momento se tropieza con la vergüenza. Refiriéndose a Jacques, el protagonista y heterónimo de Camus, escribe: "En los impresos que nos habían dado, había que poner la profesión de los padres. Él había puesto 'ama de casa', mientras que Pierre había puesto 'empleado de Ccorreos'. Pierre le dice que ama de casa no es una profesión, sino el trabajo de una mujer que hace las tareas de la casa. "No -le responde Jacques-, mi madre trabaja en casas de otros, por ejemplo del mercero de enfrente. Entonces -dijo Pierre, después de dudar un poco- creo que es preciso poner 'criada' (domestique)". Esta idea no se le había ocurrido nunca a Jacques por la simple razón de que esa palabra, demasiado rara, no se había pronunciado nunca en su casa -por la razón también de que ninguno de ellos pensaba que ella trabajaba para otros, ella trabajaba, en primer lugar, para sus hijos. Jacques se puso a escribir la palabra, se detuvo y de golpe conoció la vergüenza y la vergüenza de haber tenido vergüenza.

Hasta ese momento, Albert Camus sólo había conocido la mirada y el juicio de los suyos, de su familia. Pero ahora había dsecubierto la mirada de los de fuera, el juicio social. Descubre al mismo tiempo la devaluación del trabajo de su madre, y el riesgo de menospreciarla por su trabajo. Teme descubrir la miseria de su corazón. El término "criada" atribuido a su madre le confiere repentinamente un estatus social que la sitúa muy bajo en la escala social. Y su propio hijo se ve obligado a anotarlo en un cuestionario oficial. La imagen de su madre desviviéndose por sus hijos había sido sustituida por la imagen de una pobre mujer que trabaja para otros por un salario de miseria. Su hijo se avergüenza de esa mujer, y se avergüenza de haber sentido esa vergüenza. "Jacques habría necesitado un corazón de una pureza heroica excepcional para no sufrir con el descubrimiento que acababa de hacer, de la misma manera que habría necesitado una humildad imposible para no recibir con rabia y vergüenza lo que la vergüenza le descubría sobre sí mismo. No tenía nada de esto, sino un orgullo duro y malo que le ayudó al menos en esta circunstancia, y le hizo escribir con una letra firme la palabra 'criada' en el formulario, que llevó con la cara alta al encargado, que no le prestó ninguna atención. A pesar de todo esto, Jacques no deseaba en absoluto cambiar de estado ni de familia, y su madre seguía siendo lo que más amaba en el mundo, aunque ahora la amaba desesperadamente".

JOSÉ ANTONIO MARINA en Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía

Els bojos pel vent cremen Galícia

FOTOS: 1) Tierra calcinada en la localidad de Camariñas, frente a la Costa da Morte; 2) Un campesino de una pequeña aldea de Boiro, vecino de un hombre acusado de propagar incendios el pasado verano; 3) Una mujer, también de la localidad de Boiro, enseña el terreno quemado justo detrás de su casa; 4) Dos responsables municipales muestran el punto de inicio del fuego que devastó por completo la masa forestal de Rianxo. JESÚS GARCÍA, verano de 2006.


Galícia està envoltada d’una certa bogeria ambiental. És pel vent, que bufa amb força i trastoca l’enteniment. Ni més ni menys que el que passa a Roses o a Cadis. Aquest estiu, una cruel aliança –entre el vent i els bojos– va portar la devastació a les muntanyes d’A Coruña i Pontevedra. La natura, sempre abundant i generosa en terres gallegues, va cedir durant una setmana d’agost a la poderosa acció humana. Més de 75.000 hectàrees de bosc, segons la Xunta, van ser calcinades. Les columnes de fum s’aixecaven arreu i cremaven roures (carballos, en gallec), castanyers i, sobretot, eucaliptus. El foc va amenaçar també nuclis habitats. Els serveis d’emergència es van veure desbordats.

Quasi la totalitat d’incendis que es van desencadenar aquells dies negres van ser provocats. És fàcil encendre la flama: només cal una mica de voluntat. I és difícil que et vegin fer-ho: els boscos de Galícia són densos, amb l’avantatge que la fusta de l’eucaliptus –que abasteix la important indústria paperera del territori– crema amb rapidesa. Se’n va especular molt sobre el mòbil i les suposades raons ocultes dels piròmans. Tot plegat, fou una conspiració immobiliària? Va ser una revenja de les brigades contractades pel PP i que van quedar sense feina sota el nou Govern autònom? I si va ser una estratègia dels propietaris minifundistes gallecs per modificar els usos del sòl? Diuen que el primer brot d’herba que creix després d’un incendi és un bon ferratge per als cavalls salvatges...

De tot això, res de res. No hi va haver cap “trama organitzada”. Almenys de moment. Les forces de seguretat només van poder detenir una colla de piròmans (una trentena) com a autors dels incendis. Són la punta de l’iceberg: els bojos gallecs tocats pel vent. El perfil és ben definit. Es tracta habitualment d’homes, de mitjana edat, que viuen a aldees perdudes, que no tenen un treball definit i, sobretot, que tenen problemes amb l’alcohol. La Galícia fosca, amb parròquies recòndites i graners de pedra (els hórreos) no és un mite: existeix. Si busquem una explicació de tall freuidià, diríem que aquests “homes del foc” gallecs van ser nens infeliços. Potser no eren els més despabilats del món i els pares van preferir tancar-los a casa. Sense accés al món exterior, a poc a poc es van ofegar al poble i, sense possibilitats de desfogar-se amb dones, van veure una única via de sortida: la beguda.

Clar que entre els arrestats per piròmans hi ha altres casos curiosos. Com una dona que va ser sorpresa, de nit i enmig del bosc, amb un velam a la mà i uns llumins. Va adduir que volia preparar un ritual per espantar les meigas. O una encantadora anciana que, després de quatre anys provocant desenes d’incendis, va esclatar a plorar quan la van detenir perquè no sabia qui tindria cura, a partir d’ara, de les seves ovelles i gallines. També es va donar el cas patològic d’esquizofrènia del bomber-piròman, més preocupat per atiar el foc que no pas per aturar-lo.

Amb tot, una vegada més, el tòpic s’ho val: Galícia és una terra de contrastos. I a pocs quilòmetres del món obscur de les aldees hi ha Santiago de Compostela, que també va estar assetjada pels focs una setmana. La ciutat té molt de medieval i de cristià, de Santiago y cierra España. Però és encantadora i preciosa. Al casc antic t’hi perds –literalment– però l’olfacte i la vista t’orienten a través d’un recorregut culinari de luxe. Marisc o carn, no massa cars. I per acompanyar un bon vi blanc: Ribeiro o Albariño, tant és. La gent és molt amable. Tant, que sovint confonen la bondat amb el servilisme en una actitud que ajuda a entendre millor el perquè del caciquisme. Ben guarida dels vents que capgiren la ment, Santiago és el cim d’una muntanya espectacular. Calcinada, però igualment espectacular: Galícia.

Aquest reportatge va ésser publicat a la revista ONADA DE CULTURES (per veure el contingut d'aquesta publicació, clica aquí).

12 de enero de 2007

Regreso a Segovia

FOTOS realizadas en una visita relámpago a Segovia, el pasado otoño: 1) La deliciosa plaza de Juan Bravo, en el casco antiguo; 2) Vista panorámica desde la Torre del Homenaje del Alcázar; 3) Réplica de la loba capitolina al pie del acueducto; y 4) Vista del acueducto de Segovia y su entorno.

La angustia como motor creativo

El poeta alemán Rainer Maria Rilke

Desde la infancia, Hans Christian Andersen tuvo conciencia de su incapacidad para enfrentarse con los más sencillos conflictos de la vida diaria. Fue un niño solitario, que temía volverse loco como su abuelo. Se lamentaba de no poder disfrutar de las cosas como los demás. Inventar historias fue su refugio y, posiblemente, su salvación.

Se plantea aquí un problema complicado de teoría de la creación literaria. Las personas vulnerables tienen una sensibilidad más afinada para muchos aspectos de la realidad, en especial para los negativos. Esto tiene relación con una idea griega que ha tenido una larga historia. Los médicos griegos consideraban que le carácter está definido por la mezcla de los cuatro humores básicos: sangre, flema, bilis y bilis negra. El predominio de uno u otro producía los cuatro tipos de carácter: sanguíneo, flemático, colérico y melancólico. El melancólico sería el más cercano a la personalidad vulnerable de la que estoy hablando. Pues bien, un escrito apócrifo atribuido a Aristóteles -Problemata- incluye un texto que tuvo un éxito excepcional: "Todos los genios son melancólicos". Es decir, todos los genios tienen un ramalazo de fragilidad o de locura. Están mal dotados para la vida. En cambio, a los sanguíneos, que disfrutan de los placeres, se les considera personajes simples y sin interés.

Todo esto ha hecho que en muchas ocasiones, sobre todo después del romanticismo, algunos artistas hayan cuidado mucho su fragilidad, considerándola origen de su energía creadora. Rimbaud aspiraba al "dérèglement de tous les sens", y Rilke pensaba que necesitaba el mal íntimo para crear, por eso se negó a someterse al psicoanálisis, como le recomendaban su mujer Clara y su amiga Lou Andreas-Salomé. Al fin y al cabo había escrito: "Es un privilegio poder sufrir hasta el fin, para conocer de la vida hasta sus más íntimos secretos". El 14 de enero de 1912 dice en una carta al doctor Emil von Gebsattel, médico psicoanalistas: "Si no me equivoco, mi mujer está convencida de que es una especie de dejadz por parte mía lo que me impide hacerme analizar conforme al aspecto piadoso de mi naturaleza (como dice ella); pero esto es falso; es precisamente, por así decirlo, mi piedad lo que me impide aceptar esta intervención, ese querer poner en orden mi interior, esa cosa que no forma parte de mi vida, esas correcciones en tinta roja en la página escrita hasta ahora. Ya lo sé, estoy mal, y usted, querido amigo, ha podido ya comprobarlo; pero créame, estoy tan lleno de esta maravilla incomprensible e inimaginable que es mi existencia, que, desde un principio, parecía imposible y, no obstante, continúa, de naufragio en naufragio, por caminos cuajados de las más duras piedras, que si pienso en la posibilidad de no volver a escribir, me trastorna la idea de no haber trazado sobre el papel la línea maravillosa de esa existencia tan extraña".

Resumió su miedo en una bella frase: "Temo que al expulsar a mis demonios puedan abandonarme también mis ángeles". Como contrapartida, quiero citar la opinión de una personalidad ansiosa, Woody Allen. Cuando le preguntaron si esa ansiedad era el motor de su creatividad, contestó: "No creo que cuanto más angustiado estés seas más creativo. Al contrario, si uno está sereno su trabajo mejora. Nunca he estado angustiado por la idea de no estar angustiado".

JOSÉ ANTONIO MARINA en Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía (Anagrama).

Miedo y esperanza

'Los fusilamientos de laMoncloa', obra de Francisco de Goya

Spinoza considera que el miedo y su opuesto, la esperanza, son las dos grandes pasiones que permiten comprender los problemas éticos, religiosos y políticos. Son pasiones de la incertidumbre, afectos eminentemente inestables, que vuelven el ánimo inquieto e indeciso. "En efecto: la esperanza no es sino una alegría inconstante surgida de la imagen de una cosa futura o pretérita, de cuya realización dudamos. Por el contrario, el miedo es una tristeza inconstante, surgida también de la imagen de una cosa dudosa". Hay que añadir que Spinoza desconfía de ambas. De la esperanza pueden brotar las más virulentas formas de fanatismo, de impermeabilidad a la crítica, de entusiasmo y de agitación.

El emparejamiento entre miedo y esperanza tiene una larga tradición. Ya Aristóteles había escrito: "Para que se tema es preciso que aún se tengaalguna esperanza de salvación por la que luchar" (Retórica, 1835a). El rechazo de la esperanza se mantiene hasta en el Fausto. Goethe escribe:

Tengo encadenados y alejados de la comunidad
a dos de los mayores enemigos del hombre:
el Miedo y la Esperanza.

Spinoza y Goethe aspiran a la serenidad a toda costa. Si no deseo nada ni espero nada, no sufriré ninguna decepción. Pero me tempo que tampoco emprenderé nada. Ningún navegante se lanza al mar si no tiene la esperanza de llegar a puerto. La esperanza es, como decía Luis Vives, "la confianza de que sucederá lo que deseamos". Y añade: "La ilusión de la esperanza es gratísima y ante todo necesaria para la vida, en medio de tantas desgracias, situaciones difíciles y casi intolerables. Con clarividencia la fábula imaginó que en el vaso de Pandora, al derramarse y perderse todas las cosas, sólo la esperanza se quedó en el fondo (Hesiodo, Teogonía, 93-99). Fue la misma Pandora la que impidió que la esperanza se escapara.

JOSÉ ANTONIO MARINA en Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía (Anagrama).

 
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