7 de diciembre de 2007

Reconstrucción onírica

Sueño con una mujer de ojos inmensos que me coge de la mano y me indica con sus dedos largos y finos el camino hacia la grandeza. Yo, naturalmente, la sigo. Me dice que sólo he de cruzar la puerta y me besa. Es una mujer inteligente y segura de sí. Despierto y ya no está: me ha dejado solo en el umbral de la realidad. Me asusto porque, aunque recuerdo su rostro, no consigo descifrarlo, verlo como lo veía en el otro mundo. Éstas son las conclusiones de un informe elaborado por un equipo de investigadores que, en las últimas semanas, se ha esforzado por reconstruir la sensualidad de aquella mujer única y perdida a través de ejemplares reales.


Una pizca de Antigüedad. El porte y la elegancia sin par de la mujer clásica, lentamente pensada y moldeada por los hombres antiguos. Es, también, la aristócrata romana de los buenos tiempos.

La aportación de Sandro. La misteriosa sobriedad y la contundencia en los ángulos (nariz, boca y pómulos prominentes) de las bellezas más naturales que ha dado la pintura: las de Botticelli.

El referente contemporáneo. La sonrisa inocente, la mirada de niña traviesa y la expresividad de una Julia Roberts: cualquier tonto se enamoraría de un rostro cinematográfico que contagia ilusión.

Entrevista a Julio César

Cayo Julio César cita en Il Caffè di Roma del paseo de Sant Pere para una entrevista relámpago, porque le esperan multitud de compromisos políticos y publicitarios. Ha venido a Barcelona a clausurar la IV Cumbre Euromediterránea y, de paso, a presentar su nuevo libro: Ellos mataron la República, publicado también en catalán (Ells van matar la República). Pese a las prisas -no deja de mirar el reloj- Julio César recibe con un fuerte abrazo y una amplia sonrisa, con esa mezcla de soldado campechano y hombre de mundo. Dos atributos que han marcado su carrera política y le han convertido en un personaje fascinante e incómodo.

Antes que nada, se disculpa por su calvicie, que avanza a mayor velocidad de lo que la decimotercera legión lo hizo, bajo su mando, a través de territorio galo: "Mírame: ¡no hay nada en el tejado! No sé si Scarlett [Johansson] querrá conocerme así". Esa misma noche le espera una cena de gala en el Palace con varios intelectuales catalanes a la que asistirá, previsiblemente, la guapa actriz norteamericana. Sentado con las piernas rectas y los brazos cruzados por encima de la mesa, el victorioso general -convertido ahora en estratega del marketing- deja clara la idea central de su libro: "Nunca quise perpetuarme en el poder, como ahora pretende Hugo Chávez. Sólo quise darle estabilidad durante unos años para que la República renaciera con más fuerza".
Pregunta. La tesis de su libro es que la aristocracia conspiró contra usted para poner a uno de los suyos en el poder y enterrar la República. ¿En qué basa esa acusación?
Respuesta. En los documentos que tengo en mi poder. Tengo listas de nombres que hago públicos en el libro y que afectan a muchas familias poderosas que ahora deben echarse a temblar por lo que hicieron.

Historias del barrio (I)

De cómo dos paquistaníes montan un supermercado mientras un cholo se pone chulo y cuatro árabes intentan robarle la gorra a un niño chino, hasta que un héroe local le salva


Regreso de la redacción pasadas las diez de la noche. A esa hora indefinida suelo alcanzar la calle de Pérez Galdós, ya muy cerca de mi casa, en Badalona. Es una calle de vocación peatonal, pero eternamente usurpada por los coches, porque no hay sitio para aparcar. Este falso y cutre bulevar de tiendecitas parece haber adoptado, sin querer, el espíritu del escritor que le da nombre: es un fiel reflejo de la realidad social. De la de Llefià, claro, un barrio de la periferia. Pasadas las diez, digo, una de las pocas luces que me orientan al pasar por allí procede de un nuevo establecimiento, de los que antes eran de queviures y ahora se llaman badulakes por influencia de Los Simpson. Éste se llama: Shadi Alimentació. Lo de Shadi sí, sonará a exótico. Pero ojo: sus propietarios se han cuidado mucho de eliminar la "n" de la rotulación, por si hay una inspección sorpresa de la Generalitat y toca pagar multa.
El local está regentado por dos simpáticos y sonrientes jóvenes que, según todos los indicios recogidos hasta la fecha -un par de miradas perdidas y la atenta escucha de alguna conversación- parecen paquistaníes. Hasta hace poco ocupaba ese mismo local una franquicia del grupo inmobiliario Tecnocasa, de donde entraban y salían chicos trajeados, con buena presencia y un distintivo común: la corbata verde, el color corporativo. Pero ya se sabe: no se venden tantos pisos como antes, y los que se venden... Total, que a la puta calle. ¿Y quién iba a tener narices para montar un nuevo negocio? Pues los emprendedores. Y hoy, hablar de emprendedores es hablar de la comunidad paquistaní: seria, trabajadora, coordinada y solidaria. Pronto podríamos ver a un vecino del Punjab sentado en el trono laico del Gobierno catalán. Si no, que se lo digan al de Iznájar.
La calle de Pérez Galdós (lo de Benito se lo ahorraron con acierto) está asentada sobre una ligera pendiente. De modo que, sin que apenas te des cuenta, te destroza las piernas. Dejo atrás Shadi Alimentació con la promesa de que algún día compraré algo allí y, quién sabe, quizá un día pueda tener una conversación con ellos. En la siguiente esquina, también pasadas las diez de la noche, suele haber grupos de jóvenes charlando. Por donde ellos pisan crece una montaña de cáscaras de pipas. Es así como el Clan Churruca marca su territorio.
El zoólogo avezado en la materia también puede distinguirles porque gustan de llevarse algún vehículo motorizado para sorprender a sus chatis. Son como señoritas de compañía que, además de no protestar ni exponer sus ideas, tienen una ventaja añadida: que son gratis. Y suelen estar, por cierto, bastante buenas, a pesar de su bien merecida fama de ser muy poco elegantes (casi europeas) en el vestir. Si lo que llevan es una moto, los chavales dejan el motor encendido porque el rugido, ya se sabe, es el grito del león, y las chicas se vuelven como tigresas en celo. O eso piensan ellos. Si es un coche, en cambio, lo habitual es bajar las ventanillas delanteras para que la música de la radio penetre a todo trapo y sin permiso en los pisos del vecindario.
Hace unos días, llegaba a casa, como de costumbre, hambriento. Sólo pensaba en la bendita cena, y escuché este soliloquio de uno de los habituales, un cholo rapado al cero y con pendiente y anillos de oro:
- Y me dice, Carlos, Carlos, ¿por qué no llamas a la policía, tó loco que estás? Pues yo no llamo, sabes tío, porque si yo me busco un problema, pues yo mismo me lo desenvuelvo.
No sé qué significa exactamente desenvolver un problema, ni por qué a un charnego como ése se le cuelan catalanismos -desenvolver (sic), en lugar de desarrollar-, ni estoy seguro de que sea un chaval desenvuelto en la resolución de problemas o en la gestión de conflictos. Hablar de polis, de peleas y, en general, de todo lo que resalte la valentía individual, es una forma de ganar puntos ante los colegas. Y, no lo olvidemos: de volver a decirle a la chica que le gusta de que está preparado para cualquier eventualidad.
Por cierto. Leo en un blog sobre tribus urbanas que, en el argot, la palabra cholo no aparece para referirse a una clase de jóvenes que superan la básica a duras penas, que llegan a la secundaria sin apenas saber leer y que son carne de cañón de la globalización. Sí figuran, para Cataluña, otros términos con los que también estoy familiarizado, como quillo o garrulo. Por lo visto, España es plural hasta para esto: en Madrid son pokeros; en Alicante, jarcores; y en Cádiz, yonis, gharis, malotes, kiñistas o bajunos. Se nota, por la riqueza expresiva, que en el sur lo bueno abunda. La tacita de plata, a la que uno no puede sino adorar por la belleza de sus mujeres y la longitud de sus playas, sigue siendo, en lo cultural, el mayor desierto de España.
Hay un parque en mi barrio que aprecio más que cualquier otro. Está en la calle Ramiro de Maeztu, que por cierto es paralela a la de Pérez Galdós. Es un parque, como la mayoría de los que hay en Badalona, hecho de puro cemento. Pero a veces tiene un aliciente: dos canastas de baloncesto. Y eso, en la ciudad de la Penya, es un tesoro. Y digo a veces porque, periódicamente, los aros y los tableros aparecen destrozados como resultado de un antiquísimo ritual. El Ayuntamiento, que sin duda sigue otros rituales muy particulares -el del cansancio perpetuo, el de la desidia crónica y el de la ineficacia postsocialista- tarda siglos en reponer el material.
Yo solía jugar allí antaño. De más jovencito, bajo la cauta supervisión de mi abuelo que, apoyado en la barandilla, observaba mis tiros libres con esa sonrisa irónica con la que, seguramente, pensaba en los olivos de su Jaén. Tampoco lo sé, porque nunca le pregunté. Ya en la sulfurosa adolescencia, jugué en la plena libertad de los equipos mixtos. Fue allí donde realicé mis primeros y tímidos tocamientos ante la pasividad de las chicas de mi edad, que fingían desconocer las normas del baloncesto y dejaban apretujarse contra la pared, dando por bueno que aquello era un bloqueo ortodoxo propio del baloncesto.
En esas canastas juegan ahora grupos de sudamericanos. Ocasionalmente, al mediodía, el parque sirve para que los alumnos de un instituto de secundaria remoloneen unos minutos antes de volver a clase. En uno de esos kit-kats observé una escena que alertó al héroe que hay en mí, un héroe de puro siglo XX, limitadísimo por su propia cobardía. Cuatro adolescentes de aspecto magrebí rodeaban y se burlaban de un niño chino, que permanecía allí con su enorme cabeza agachada. Era evidente, no sólo que se mofaban de él, sino que intentaban robarle una gorra negra con las siglas NY, el logo de los Yankees de Nueva York, el equipo de béisbol más laureado de la ciudad.
La gorra estaba ya en poder de los árabes y el menor asiático ahí, sin protestar, esperando resignado la vuelta a clase. Observé la escena y pensé en seguir mi camino. Pero no lo hice. Di media vuelta y actué como Neo al final de la primera parte de Matrix. Hablo de ese intenso momento en el que Neo se da la vuelta, dice "no" y deja de esquivar las balas que le disparan sus enemigos. En lugar de eso, extiende la palma de la mano y, con su mente ya sabia, logra mantener los proyectiles suspendidos en el aire e incluso se atreve a jugar con ellos. Así, poco más o menos, procedí yo.
Decidido a rebelarme contra aquella justicia y amparado en mi aspecto se señor mayor -como dice un amigo, las patas de gallo alrededor de mis ojos hacen que la gente empiece a tratarme de "usted"- inquirí a uno de los adolescentes árabes que parecía el líder. Le pregunté de quién era la gorra. Era una pregunta retórica, y por eso la respuesta fue previsible:
-Nada, si estamos jugando. Somos compañeros de clase, dijo.
Con el solo uso de la palabra y de mi autoridad ciudadana, obligué a aquellos chicos malos a devolverle la gorra al chino, que nada más tenerla en su poder desapareció sin levantar la vista y sin dar las gracias a su héroe. Como debe ser. Seguí caminando en dirección al metro, con la firma convicción de no girarme en ningún momento. Andaba yo como un Quijote, con la satisfacción de haber combatido tamaña afrenta. Aquella sensación agradable duró apenas un minuto. El tiempo necesario para darme cuenta de que mi acción podría haber acarreado peores represalias para el niño chino. Quizá, al llegar a clase, el chaval habría sido objeto, no ya de un intento de robo, sino de una agresión en toda regla cometida con el silencio cómplice de sus compañeros.
Pensé entonces en la enorme cantidad de abusos de que deben ser objetos los menores asiáticos en las aulas. Cierto que tienen fama de listos, pero son muy callados y poco hábiles en las relaciones sociales debido, en parte, a la enorme distancia cultural con el resto de niños, incluidos los extranjeros. Sus padres parecen poco dados a reclamar nada ante nadie: no imagino a una madre china actual exigiendo a la directora del centro que ponga medidas para que su hijo supere el bullying. Pensé, en fin, que ése podía ser un tema interesante para un reportaje. Y me di cuenta de que buscar noticias se ha convertido, para mí, en poco menos que una obsesión.

25 de octubre de 2007

La china imaginada

Cuando se abrieron las puertas, en la parada del metro de Sant Roc, apareció una joven china empujando un inmenso carro con ruedas más alto que ella. Lo primero que yo vi, de hecho, fue el carro, cargado con un montón de bolsas de plástico, apiladas las unas encima de las otras, que al frotarse emitían ese sonido tan característico del plástico, que no es ni agradable ni desagradable. Luego se presentó ante mis ojos la chica, que meticulosamente, aunque con alguna dificultad, colocó el carro en un lugar discreto del vagón, de forma que quedase asegurado ante los vaivenes del impetuoso metro y no impidiese la libre circulación de otros pasajeros y de otras mercancías.


La china permaneció todo el tiempo con la cabeza ligeramente inclinada -unos 30 grados- hacia el suelo. Sus ojos negros y redondos, enmarcados en unas gafas insípidas y redondas también, no me dijeron nada. Tampoco su rostro, inexpresivo pero triste. Con gestos pausados, como si quisiera gastar la energía mínima imprescindible, abrió una de las enormes bolsas de plástico, la de más arriba. Deshizo el nudo de la bolsa con sus dedos de trabajadora asiática y de allí sacó otra bolsa. Volvió a hacer lo que seguramente había hecho miles de veces: deshacer el nudo con sus manos de obrera explotada. Y de allí sacó aún otra bolsa, quizá la exigua recompensa por su esfuerzo de hormiguita oriental: un poco de comida.
A dos asientos de mí, se comió un huevo crudo. Con las uñas le quitó la piel, mientras le daba pequeños bocados. Odio el olor a huevo. Más aún si es crudo. Pero la chica siguió comiendo como nada, a pesar de que las protestas del personal, en forma de miradas inquisitivas, la iban cercando. Su rostro no transmitía ninguna emoción, pero comía con una perseverancia letal. Cuando hubo acabado con el huevo, extrajo del mismo envoltorio otro alimento que no pude identificar, pero que, imagino, puede encontrarse fácilmente en cualquier restaurante chino.
Vestía un chándal barato (probablemente, de la misma nacionalidad) y llevaba unas bambas en apariencia cómodas. Sumergida en sus pensamientos, o simplemente recuperando fuerzas, pasó el resto del trayecto (unos 20 minutos) sentada en la misma posición, con una quietud inquietante, de estatua. Ni siquiera prestaba atención al carro que, junto a la puerta, la esperaba para que ambos salieran por la puerta en la estación de Passeig de Gràcia.
Yo, que no había traído el MP4 ni tenía nada para leer, dediqué el soporífero viaje (fue esa hora en la que uno acaba de comer y tiene sueño) a observarla y a imaginar su vida que, por supuesto, debía ser gris y sin esperanza. La chica china, pensé yo, trabajaba cada día de sol a sol en alguno de los talleres textiles semiclandestinos que hay en Badalona. Le pagaban una miseria. Más aún: trabajaba en unas condiciones cercanas a la esclavitud.
Había llegado a España, imaginé, pagando una cantidad exorbitada a una mafia china que se cobraría la deuda con el sudor de su frente, un poco de la misma forma en que Dios, que no existe, se cobra su deuda con los hombres. Sin familia, sin amigos, sin relaciones de ninguna clase, la vida de la china giraba en torno a la confección de bolsos y camisetas, en torno a un taller donde olvidado por la luz.
De vez en cuando, los jefes dejaban salir a la chica a la calle. Pero sólo para meterse inmediatamente en la boca del metro, que es como decir en la boca del lobo, para transportar un inmenso carro lleno de bolsas de plástico desde el polígono sur de Badalona, donde se concentran decenas de naves industriales regentadas por chinos, hasta la izquierda del Eixample, el Chinatown barcelonés, donde otros compatriotas suyos venden la mercancía en tiendas al por mayor. Todo esto, claro, lo imaginaba. Y eso que, como Pla, nunca he tenido demasiada "temperatura imaginativa".

16 de octubre de 2007

La paradoja de Liberia

En el escudo de la República de Liberia puede leerse: "The love of liberty brought us here". O sea, el amor por la libertad nos trajo aquí, a un trozo de tierra acurrucado en la costa occidental de África. Liberia, de hecho, significa "tierra de libertad". Y su bandera -con barras rojas y una sola estrella con fondo azul- es casi idéntica a la de Estados Unidos, símbolo inequívoco de libertad individual. Pero la historia de este país, independiente desde principios del siglo XIX, dista mucho de ser un ejemplo de libertad. Al contrario. La opresión sobre la población indígena fue tan excesiva como en cualquier otro rincón de África, con un agravante: que fue ejercida por antiguos esclavos, negros también, liberados en la costa Atlántica para constituirse en una nueva clase dominante. Lo explica Ryszard Kapuscinski en este fragmento de 'Ébano':


En 1821, en un lugar que debe de encontrarse en las inmediaciones de mi hotel (Monrovia está situada en la costa atlántica, en una península que se parece a nuestro Hel, en el Báltico) atracó un barco procedente de Norteamérica que traía a bordo a un tal Robert Stockton, un agente de la American Colonisation Society. Stockton, encañonando con su pistola una sien del rey Peter, el jefe de la tribu, lo obligó a venderle -a cambio de seis mosquetones y una caja de abalorios- la tierra que la mencionada compañía americana se disponía a poblar con aquellos esclavos de las plantaciones de algodón (principalmente de los estados de Virginia, Georgia y Maryland) que habían conseguido el estatus de hombres libres.
La compañía de Stockton tenía un carácter liberal y caritativo. Sus activistas creían que la mejor indmenización por las sevicias de la esclavitud consistía en enviar a los antiguos esclavos a la tierra de donde procedían sus antepasados: a África.
Desde aquel momento, año tras años, los barcos fueron trayendo de los Estados Unidos a grupos de esclavos liberados, que fueron instalándose en la zona de la Monrovia de hoy. No constituían una gran comunidad. Cuando en 1847 proclamaron la creación de la República de Liberia, ésta no contaba más de seis mil habitantes. Es posible que su número nunca haya superado una veintena escasa de miles: menos del uno por ciento de la población del país.
Son apasionantes las andanzas y el comportamiento de aquellos colonos (que se llamaban a sí mismos Americo-Liberians, américo-liberianos). Apenas la víspera habían sido unos parias negros, unos esclavos despojados de todo derecho, en las plantaciones de algodón que cubrían los estados del Sur norteamericano. En su mayoría, no sabían leer ni escribir, como tampoco tenían oficio alguno. Años atrás, sus padres habían sido secuestrados en África, llevados a América con grilletes y cadena sy vendidos en los mercados de esclavos. Y ahora los descendientes de aquellos infelices, también ellos mismos esclavos negros hasta hacía poco, se veían trasplantados a África, tierra de sus antepasados, a su mundo, y se encontraban entre hermanos de raíces comunes y con el mismo color de piel.
Por obra de unos americanos blancos y liberales, habían sido traídos hasta allí y abandonados a sí mismos, en manos de un destino incierto. ¿Cómo se comportarían? ¿Qué harían? pues bien: en contra de las expectativas de sus bienhechores, los recién llegados no besaban la tierra reconquistada ni se lanzaban a los brazos de los habitantes africanos.
Por experiencia propia, aquellos américo-liberianos no conocían sino un único tipo de sociedad: el de la esclavitud en que habían vivido en los estados del Sur norteamericano: De manera que tras desembarcar, su primer paso en la nueva tierra consistiría en copiar la sociedad conocida, sólo que ahora ellos, los esclavos de ayer, serían los amos y convertirían en esclavos a los miembros de las comunidades del lugar, sobre los que, una vez conquistados, extenderían su dominio.
Liberia no cnostituye sino la prolongación del orden establecido por el sistema de servidumbre, impuesto por la voluntad de los propios esclavos, que no desean destruir un sistema injusto, sino que lo quieren conservar, desarrollar y usar en provecho de sus intereses personales. Salta a la vista que una mente sometida, envilecida por la experiencia de la esclavitud, una mente -en palabras de Milosz- "nacida en la no libertad, encadenada desde el alumbramiento", no sabe pensar, no sabe imaginarse un mundo libre en el que las personas, todas, también lo fuesen.

14 de octubre de 2007

Hutus y tutsis: las raíces

El periodista Ryszard Kapuscinski explica, en su libro 'Ébano', los orígenes del genocidio de Ruanda de 1994. Aquel año, las tribus rivales de hutus y tutsis se lanzaron a una guerra sin cuartel. La masacre acabó con la vida de alrededor de un millón de personas.


Los tutsis no son pastores ni nómadas, ni siquiera ganaderos. Son dueños de los rebaños, son la casta dominante, la aristocracia. Los hutus, en cambio, forman la casta, mucho más numerosa, de los agricultores. Entre tutsis y hutus dominaban unas relaciones feudales: el tutsi era el señor y el hutu, su vasallo.
Paulatinamente, a mediados del siglo XX, crece un conflicto dramático entre las dos castas. Lo que se disputan es la tierra. Ruanda es pequeña, montañosa y muy densamente poblada. Como sucede a menudo en África, también en Ruanda llega a producirse una lucha entre los que viven de criar ganado y los que cultivan la tierra. Sólo que en el resto del continente las extensiones son tan vastas que una de las partes puede retirarse y ocupar territorios libres, con lo cual el foco de la guerra se apaga. En Ruanda tal solución es imposible: no hay lugar al que retirarse, no hay adonde retroceder. Entretanto, crecen los rebaños propiedad de los tutsis y se necesitan cada vez más pastos (...).
De manera que de un lado tenemos tropeles de vacas en poderosa expansión -símbolo de la riqueza y fuerza de los tutsis-, y de otro, a unos hutus apretujados, presionados y acorralados: no hay sitio, no hay tierra suficiente, alguien tiene que marcharse o morir. He aquí el panorama de Ruanda en los años cincuenta, cuando en escena aparecen los belgas.
Hasta entonces, los belgas habían gobernado Ruanda apoyándose en los tutsis. Pero éstos forman la capa más instruida y ambiciosa de Ruanda, y son precisamente ellos los que exigen la independencia. Y además, ¡ya!, cosa para la que los belgas no están preparados en absoluto. Así que Bruselas, bruscamente, cambia de táctica: abandona a los tutsis y empieza apoyar a los hutus, más sumisos y dispuestos a compromisos. comienza por iniciarlos contra los tutsis.
Los efectos de tal política no se hacen esperar. Los hutus, animados y envalentonados, se lanzan a la lucha. En 1959 estalla en Ruanda una sublevación campesina (...). Nutridos grupos de campesinos hutus, desbocados y armados con machetes, azadas y lanzas, se abalanzaron, como un vendaval incontrolado, sobre sus amos y señores tutsis. Había dado comienzo una gran masacre, que África no había visto en mucho tiempo. Los campesinos quemaban las fincas de sus amos y a ellos mismos los degollaban y les rompían el cráneo. Ruanda estaba en llamas y la sangre corría a raudales (...).
En aquel momento, el país contaba con 2,6 millones de habitantes, entre los cuales el número de tutsis se elevaba a trescientos mil. Se calcula que murieron asesinados varias decenas de miles de tutsis y que otros tantos huyeron a los países vecinos: el Congo, Uganda, Tanganica y Burundi. La monarquía y el feudalismo dejaron de existir y la casta tutsi perdió so posición dominante.
Tanto hutus como tutsis despiertan de aquella revolución como de una pesadilla. Unos y otros han pasado por el trance de una masacre, los primeros causándola y los segundos sufriéndola como víctimas, y semejante experiencia deja en la gente una huella atormentadora e imborrable. En aquellos momentos los sentimientos de los hutus son contradictorios. Por una parte, han vencido a sus señores, se han sacudido el yugo del feudalismo y, por primera vez en la historia del país, se han hecho con el poder; pero por otra, no han derrotado a sus amos por completo, no los han eliminado, y esa conciencia de que el adversario ha sido gravemente herido, pero sólo eso, de que sigue vivo y buscará venganza, ha sembrado en sus corazones un miedo atroz e invencible.
El miedo a la venganza está profundamente arraigado en la mentalidad africana, y a sempiterna ley del desquite desde siempre ha regido allí las relaciones humanas, tanto entre personas como entre clanes. Y hay razones para tener miedo. Aunque los hutus han tomado la montañosa fortaleza de Ruanda y han instalado su gobierno, queda en ella, sin embargo, la quinta columna de los tutsis (unas cien mil personas), y en segundo lugar -cosa tal vez más peligrosa todavía-, la fortaleza está rodeada por cinturones de campamentos de tutsis expulsados de ella el día anterior.

10 de octubre de 2007

Tiempo europeo, tiempo africano

Arriba, Londres. Abajo, Kumasi (Ghana).

Fragmento de 'ÉBANO', de Ryszard Kapuscinski

El europeo y el africano tienen un sentido del tiempo completamente diferente; lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: "Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, transcurre uniforme; y no en función de alguna cosa exteroir". El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se muueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.

Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses). El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).

El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en un estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre.

Todo lo contrario de la manera de pensar europea.

Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: "¿Cuándo se celebrará la reunión?" La respuesta se conoce de antemano: "Cuando acuda la gente".

9 de octubre de 2007

El dentista mileurista

Garmor, en un café de París poco antes de visitar al dentista. / RENOIR (AFP)

Los dentistas cobran mil euros al mes... por paciente. Lo demuestra la factura del tratamiento dental al que debo someterme: 1.075,08 euros. Casi nada. Para un mileurista supone el pago inmediato de casi dos salarios. En fin, indignante. Y eso que había acudido a una clínica del barrio de La Salut de Badalona, cual humilde siervo, para aplacar un irresistible dolor de muelas que comenzó el viernes, secretamente, en un bar musical de Santaló: el Silk. Lo atractivo del bar, al margen de las camareras piel canela, es que los cubatas estaban a 3,5 euros. Hecha la ley, hecha la trampa: los vasos iban cargados hasta arriba de enormes cubitos de hielo que explican, en parte, la desintegración del Ártico. Aquel frío glacial se coló, sin que yo lo advirtiera hasta el día siguiente, en una muela dañada por mi adicción al chocolate y a los donuts con mucho azúcar.

El dolor de muelas empezó a remitir ayer, cuando ya andaba drogado por los efectos perversos del Ibuprofeno. Sin embargo, la revisión médica ya está hecha y no tengo más remedio que iniciar el "tratamiento". Ialea acta est. En un mes estaré listo, según me ha asegurado un hombre bajito y amanerado con un cargo pomposo que no le va nada: el de "asesor odontológico". He visitado al dentista a primera hora de la mañana. He ido con la seguridad de quien se sabe liberado de la intensidad del dolor, dispuesto a exhibir mi condición de hombre de mundo para que, de entrada, no se les llegara a ocurrir, ni reomtamente, la posibilidad de tomarme el pelo. A la mínima ocasión, ha pensado, les diré a los doctores y a las enfermeras (qué machista, eh) que soy periodista. Que es como decir "alto, puedo venir aquí a hacer un reportaje de investigación con cámara oculta, a lo Milá, y hacer que os cierren el chiringuito".


Al final me he contenido y, tras permanecer sentado unos 15 minutos en la sala de espera, me han llevado a la habitación del pánico. Hacía por lo menos cuatro años que no pisaba una clínica dental. Casi el mismo tiempo que llevo sin jugar en serio un partido de baloncesto. Aunque nunca antes había estado en esa clínica en particular, todo ha aparecido como lo recordaba, y como se presentaba en mis sueños: el asiento, cómodo pero inquietante; el flexo, una amenaza lumínica incesante; y el brazo móvil de los utensilios, el peor enemigo del hombre de a pie. Al llegar la doctora, he intentado hacerme el gracioso para mostrar, con mi sutil ironía, que yo estaba por encima de toda aquella situación y que quizá hasta podría invitarme a tomar un café después de la visita. "A ver, ¿qué te pasa?". "Nada, ya sabe cómo somos la gente... sólo venimos cuando empezamos a sentir dolor", le he contestado siguiendo la pauta humorística de Karthi.


La doctora me ha hecho abrir levemente la boca y me ha metido una cuchara de doctores. Durante la examinación ha habido momentos inquietantes. Sobre todo, cuando se ha puesto a dictar coordenadas (letras, números, letras, números) al asesor odontológico, que para más inri seguía allí e iba anotando fielmente cada una de las indicaciones. Era como si, a mi costa, se divirtieran con el "Hundir los barcos", aquel famoso juego de mesa: "R14, B18, K34". Lo que yo no podía prever (esto es un mero recurso literario, pues lo imaginaba perfectamente) es que cada una de esas indicaciones correspondía a un tipo de anomalía en mi boca que debía ser reparada por una gran suma de dinero. Los dentistas son especialistas en eso: vas por un simple dolor de muelas y te sacan de todo. Como consultores matrimoniales no tendrían precio. Claro que ahora, visto lo que cobran por cada una de mis espeluznantes deficiencias bucales, parece que tampoco lo tienen. Son responsables directos del aumento de los precios y de la carestía de los alimentos.

Asustado aún, he pasado a una salita de "atención al paciente", tras los pasos del asesor odontológico. Lo más divertido ha sido ver cómo el pobre hombre me presentaba el presupuesto. "Ya sé que la cifra asusta un poco, pero piensa que las muelas del juicio te las puede quitar la Seguridad Social gratis, y eso que te ahorras". Ante tal evidencia, y con la omnipresente cifra de 1.075,08 euros en la cabeza, uno no puede más que decir: "Sí, sí..." Le he pedido, eso sí, que me traduzca el significado de algunas expresiones apuntadas en la siniestra lista: endodoncia birradicular, perno muñón directo, corona metal cerámica. Esas tres intervenciones, las más caras, son "imprescindibles" para no sentir dolor. Ya es casualidad, eh. Leo también que la relación incluye hasta seis "reconstrucciones". Imagino que le pregunto si se cree Ferran Adrià, pero en lugar de eso le pido una aclaración. "Ah, eso son las caries". También veo que necesito cuatro curetajes de cuadrantes: por lo visto, acumulo "grandes cantidades de sarro" (el entrecomillado es mío, y está exagerado) en algunos dientes.

El dolor de muelas, que se había ido desvaneciendo a lo largo del día de ayer, es casi imperceptible hoy. De forma paralela a la desaparición del dolor, como si la realidad y la literatura se fundieran en una sola cosa (algo que un día, gracias al literalismo y a un nuevo tipo de fusión nuclear, sin duda ocurrirá) estaba leyendo el final de la novela "Un amor de Swann", de Marcel Proust. Tras meses y meses sintiendo una enorme aflicción por el desinterés de su amada Odette de Crécy, una mujer parisina de vida alegre y disoluta, al final del libro Charles Swann se recupera. Ya no la desea, ya no siente celos, ya sólo le queda un afecto entrañable hacia ella.

En Proust, el dolor del que está enamorado hasta las trancas da paso a una cierta vuelta a la normalidad. En el dentista mileurista, el dolor del que está jodido hasta las trancas da paso a un dolor aún más intenso: la obligación de gastar 1.075,08 euros en un tratamiento que ni me va a hacer más guapo ni mejor persona, pero que es, eso sí, "imprescindible para que se te quite el dolor", a juzgar por el asesor-ladrón odontólogo. Y luego son los políticos los que azuzan el fantasma del miedo y de la desconfianza. ¿Y los dentistas? Primero exhiben sin pudor su maquinaria bélica y luego te advierten de que, si no te sometes a sus deseos, puede que tu dolor crezca irremediablemente y que pierdas los dientes, la dignidad y la vida. No hay escapatoria: tengo que soltar la pasta. A cómodos plazos y sin intereses, pero tengo que soltarla. Por lo menos para que el dentista llegue a final de mes. Cabrones.

29 de julio de 2007

crónica andalusí

(en breve, el relato completo del viaje a Andalucía)

Arco de herradura en la fachada exterior de la mezquita de Córdoba. / J. G. B.

Lee ahora la introducción...

El cuaderno negro que acarician mis manos no es sólo la base manuscrita de esta crónica andalusí, sino su misma razón de ser. Dice la orgullosa publicidad de estas libretas de notas, las Moleskine, que antaño fueron utilizadas por personajes ilustres como Van Gogh, Picasso o Hemingway. La que ahora yo ojeo con una mezcla de desenfado y vergüenza –de mi puño salen grafías casi ininteligibles– debiera estar en manos de un genio de lo por venir: mi buen amigo Morgar. Tal era el destino de este humilde cuaderno, que costó poco menos de diez euros en una papelería del centro de Badalona: recorrer miles de kilómetros hasta las nalgas de Asia para que el poeta pratense reflejara, con su buen hacer, las gestas y las tropelías de la República a su paso por el río Mekong. Garmor se encargaría después de pregonar el saco de Thai cual rapsoda helénico.

Pero el cuaderno, enfundado aún en su plástico transparente, nunca llegó al continente más poblado de la tierra. Presa de una amarga desdicha, Garmor lo miró atentamente. Se dio cuenta entonces de que tenía una cita con la historia, y una deuda literaria con Morgar. Y se llevó la libreta consigo, como única y pendenciera acompañante de un apasionante viaje por Andalucía.

... y próximamente, el primer capítulo: Sevilla.

14 de enero de 2007

Griegos y cristianos frente al valor

ILUSTRACIONES: Arriba - 'La muerte de Sócrates', del pintor francés Jacques Louis David; Abajo - 'Martirio de San Sebastián', de Paolo Vasta

Sócrates murió serenamente -pudiendo haberse salvado- para acatar las leyes de la ciudad, y durante siglos fue un ejemplo de valor fervorosamente ensalzado. Se convirtió en un modelo para la cultura occidental. Siglos después, se le comparó con Jesucristo, otro gran ejemplo de valor. Pero entre ambos había muy pocas semejanzas. Según los Evangelios, también Jesús pudo librarse de la muerte, y no quiso. Como Sócrates. Pero las analogías terminaban ahí. La figura atormentada de Cristo dista mucho de la tranquila, impávida, teatralmente insensible de Sócrates. Antes de su muerte, Sócrates charla de filosofía con sus amigos; en cambio, la víspera de su crucifixión, Cristo suda sangre, de pura angustia. Tiene miedo y suplica a Dios que le libre del suplicio.

El valor cristiano no tiene el aspecto imponente, frío, estéticamente irreprochable, del valor clásico. Es una valentía medrosa, sufriente, con temor y temblor, humilde, humana. En su teología, Kierkegaard llevó esta presencia de la angustia hasta el paroxismo. Mientras que el sabio estoico demuestra su dominio de sí y de las circunstancias, y despliegue su autonomía con la elegancia y la displicencia de quien extiende un manto regio o una cola de pavo real, el cristiano se siente débil, incapaz, menesteroso. Pero piensa que Dios le dará fuerza. Lo que es imposible para el hombre -entre otras cosas, ser valiente- es posible para Dios. "Todo lo espero en Aquel que me conforta, es decir, que me da fuerza". La fortaleza es un don divino. Como dice San Pablo: "No es un espíritu de cobardía lo que Dios nos ha dado, sino un espíritu de fortaleza" (II, Tim. 1, 7). Las actas de los mártires cuentan la historia de pobres gentes asustadas que se enfrentan al martirio con un valor que no comprenden y que han recibido como un terrible regalo.

Lo que para el griego clásico era morir en batalla -la culminación del valor-, va a ser para el cristiano el martirio. Pero entre ambas muertes, sin embargo, hay una radical diferencia. En una se afirma la autarquía del yo, en otra se afirma la obediencia a Dios. Ambos tipos de valentía -la que emerge de la fuerza personal y la que se recibe de Dios- van a continuar vigentes en la historia occidental, mezclándose de diferentes maneras, lo que dará origen a una página emocionante de nuestra historia íntima.

JOSÉ ANTONIO MARINA en Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía

 
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