6 de febrero de 2008
Dos visiones de Haile Selassie
3 de febrero de 2008
Enemigos del periodismo
11 de enero de 2008
Tristeza tras el coito
Clica en la imagen para ver el vídeo
A mí me ha sucedido en no pocas ocasiones. Sobre todo, cuando el corazón y el miembro viril están disociados. En una ocasión, en la universidad, le comenté mi desolación a un amigo. Él también la experimentaba con frecuencia, pero había encontrado un remedio. De modo que me aconsejó escuchar buena música una vez consumada la relación sexual. Puede que funcione, quién sabe. Yo lo he probado, y nada. Lo que ocurre con el sexo es extrapolable, apunta Marina, a otros muchos deseos, placeres e inclinaciones del ser humano. El videoclip que enlazo como recurso al texto es bastante gratuito, pero me apetece tenerlo en el blog para verlo siempre que quiera y, quizá, para incrementar el número de lectores. El vídeo ejemplifica lo que aquí se expone: uno siente placer mientras está reproduciéndolo. Pero no por ello desaparece el deseo trompetero una vez que Destination Calabria -así se llama la canción- ha finalizado. La música es de un tal Alex Gaudino. Canta una muchacha que tuerce sensualmente su boca roja. El resto del post se lo dejo a Marina:
LA DESCARGA FREUDIANA. Una visión superficial del deseo hace que sea incompatible con el placer. Si pensamos que el placer es la consumación del deseo, la consecución del objeto deseado, estamos diciendo que el placer consiste en la desaparición del deseo. Esto es lo que pensaba Freud, con su idea de que todo anhelo es una tensión que necesita desahogarse. El placer es, para él, el desahogo, la desaparición de la presión. Pero todos sabemos que el placer de comer no es haber comido, sino estar comiendo. Y el placer sexual no es la tranquilidad después del orgasmo -al contrario, se habla de la tristitia post coitum-, sino estar alcanzándolo.
LA CONCIENCIA ARISTOTÉLICA. Tenía razón Aristóteles al indicar que el placer era una actividad, la conciencia de estar consiguiendo la meta, el índice de una necesidad en vías de satisfacción. Esto es lo que nos indica el misterioso fenómeno del juego, que es una actividad placentera en sí misma (aunque la facilidad con que se convierte en deseo de ganar indica el equilibrio precario en que se encuentra).
QUE FLUYA. En los últimos años se ha investigado mucho sobre la experiencia de flow, el sentimiento de "fluir", que sería el modo placentero de realizar una actividad. La experiencia ha sido caracterizada, tras muchos estudios, con los siguientes rasgos: intensa concentración en la tarea; sentido de control sobre las acciones y la tarea; disfrute con la actividad. Todo esto lleva aparejada una percepción distorsionada del tiempo, que se acorta piadosamente, mientras que en el dolor o en el aburrimiento se dilata sin misericordia, y tiene evidentemente que ver con el placer.
10 de enero de 2008
Elogio de la alegría
Los filósofos que han especulado sobre el significado de la vida y sobre el destino del hombre no han subrayado con la suficiente energía que la naturaleza se ha tomado la molestia de instruirnos sobre este asunto. Nos advierte con un signo preciso que estamos alcanzando nuestro destino. Este signo es la alegría. Digo la alegría, no digo el placer. El placer no es más que un artificio inventado por la naturaleza para obtener del ser vivo la perpetuación de la vida; pero no señala la dirección en que la vida está lanzada. En cambio, la alegría anuncia siempre que la vida ha triunfado, que ha ganado terreno, que ha alcanzado una gran victoria: toda gran alegría tiene un acento triunfal. Pero si tenemos en cuenta esa indicación y seguimos esa línea de hechos, encontramos que donde hay alegría hay siempre creación, y que cuanto más rica es la creación, más profunda es la alegría.
7 de enero de 2008
La gran final y el Taj Mahal
Final contra Yugoslavia. Estoy a unos metros de una pista de baloncesto de cemento. Parece la del colegio donde jugaba a este deporte. Hay mucha gente a mi alrededor. España y Yugoslavia (no Serbia) están disputando la final del Mundial. Distingo entre los jugadores al admirado Jorge Garbajosa, que se parece mucho -más aún que en la realidad- al Héctor interpretado por Eric Banna en la película Troya. Al final del tercer cuarto, el marcador es de escándalo: 56-5 a favor de la roja. De repente, me encuentro sentado en el banquillo de la selección. La victoria está asegurada, y por eso el entrenador decide que salga a jugar. Yo, y otros cuatro antiguos compañeros del club de basket Pere de Tera de Badalona. Tenemos miedo a que, por culpa de nuestro juego mediocre, Yugoslavia remonte y gane. Antes de saltar a la pista, dirijo unas palabras de ánimo a mis compañeros: "¡Hay que echarle cojones, joder!". Ya en medio del juego, me entono con un triple y una canasta de dos. Acabo el partido con diez puntos, y habiendo asegurado la victoria de España.
Viviendas en el Taj Mahal. Me encuentro visitando el monumento del Taj Mahal junto a mi amigo Dani. El edificio nos parece colosal. Alguien me había advertido del deterioro de la estructura, convertida casi en un bloque de viviendas. Lo compruebo con mis propios ojos. La fachada del Taj Mahal está repleta de huecos rectangulares: son ventanas. Casi todas están cerradas con persianas de madera antiguas y medio rotas, por lo que deduzco que hay gente viviendo allí. Un indio se asoma por la ventana. Entramos en el edificio. En el hall del Taj Majal hay dos muchachos gitanos que, sentados, interpretan una pieza flamenca con su voz desgarrada. Uno de ellos toca con mucho arte una guitarra española. La guía turística nos dice que ellos representan la universalidad de la cultura romaní, y asegura que esos dos jóvenes tocan siempre allí porque el pueblo nómada de los gitanos partió, en primer lugar, de la India. Asiento con la cabeza a las explicaciones de la guía y tomo una fotografía de los gitanos.
Las historias de Enric González

Una mirada a Pakistán
6 de enero de 2008
Maki variado y patatas fritas
Esta deriva mía, indecente por pequeñoburguesa, viene avanzando como un ciclón desde hace unos tres años. El obrero que hay en mi corazón resiste a duras penas: le falta el aire y la hipocresía le tiene comida la moral. Según la perversa lógica garmórica (que no es otra que la mía), ceder a placeres considerados de ricos es una deshonra para el orgullo de casta. Más aún si se trata de manjares elitistas y, al mismo tiempo, aupados por la plebe al altar gastronómico.
La guerra civil de las identidades estalla sin piedad: el obrero de barrio, herido en su orgullo, cose a mamporros al periodista liberal y canalla, mientras el aristócrata romano (que, a su manera, simpatiza con el obrero) mira la escena con nostalgia
Hace unos días cené en un restaurante coreano de Barcelona, donde sirven comida japonesa y los precios son más propios de un chino. Mi amiga y yo pasamos por alto el riesgo de intoxicación y decidimos tirar de oferta. Doce unidades de maki variado, diez euros. Seis unidades de sushi (variado, por supuesto), catorce euros. Con eso y un buen vino blanco (seco, francés) la cena estaba servida.
Por muy bien que conozca el idioma español, la comunicación con un hostelero asiático siempre resulta problemática. Pedimos dos platos: uno de maki y otro de sushi. "¿Uno o dos?", preguntó la sonriente camarera. "Uno, uno", contestamos, en el bien entendido de que traería dos platos, pero en ningún caso cuatro.
Mientras dábamos buena cuenta del vino, la mujer trajo una tabla de madera con los sushi (ignoro si puedo escribir sushis, en plural): de gamba, de atún y de un extraño animal marino que no nos atrevimos ni a tocar. En la misma tabla reposaban, perfectamente alineadas, seis unidades de maki, todas vestiditas con su alga negra, sin duda la clave (con el permiso de la salsa de soja) de este peculiar plato.
Nos asaltó la duda, porque la tabla ya contenía los dos platos solicitados, pero en muy pequeñas cantidades. "¿Eso es todo? ¿Seis trozos de maki? Pues vaya timo. ¿No habrá hecho la camarera un resumen de los dos platos, al entender que sólo queremos comida para uno? ¿A ver si al final la cena nos va a salir por un ojo de la cara? Putos chinos".
Aquello no podía quedar así. Y como somos un poco agonías con la comida, preguntamos por nuestros derechos culinarios. La camarera nos aclaró lo sucedido: el plato de maki (el grandote, con sus doce unidades) aún no se nos había servido. Las seis unidades de maki que veíamos eran sólo el acompañamiento habitual de un plato de sushi.
Mi conocimiento de la gastronomía japonesa es nulo. Pero, por lo que vi en aquel restaurante, entiendo que el maki funciona como una suerte de complemento del sushi. Se trata sin duda de un manjar, igualmente rico y caro -lleva lo mismo y, además, el alga- pero, por alguna razón, desempeña un papel secundario y subordinado.
Pienso ahora en el maki y no puedo sino compararlo con nuestras patatas fritas. El sushi es el lomo; el maki, las patatas. Eso me hace sentir como más propia la cultura oriental, porque echa raíces en mi tierra emocional. Y además, ¿qué sería un triste trozo de lomo sin unas papas fritas bien mojadas en aceite?
Lo curioso del caso es que el maki se puede pedir también como plato aparte; es independiente y soberano. Cosa que resulta más difícil con unas patatas fritas. Quizá sí ocurra en uno de esos puestos de patatas que se montan en las ferias de atracciones. Pero en un restaurante...
Y ya puestos, ¿por qué no aderezar el sushi con otro tipo de complemento? Quizá un poco de sashimi. Así uno se ahorraría comer maki dos veces sin necesidad. No sé quién de los dos, maki o sushi (perdón por usar aquí la inadecuada figura de la personificación) saldría ganando en una eventual batalla nipona. Hagan sus apuestas.
7 de diciembre de 2007
Reconstrucción onírica
Una pizca de Antigüedad. El porte y la elegancia sin par de la mujer clásica, lentamente pensada y moldeada por los hombres antiguos. Es, también, la aristócrata romana de los buenos tiempos.
La aportación de Sandro. La misteriosa sobriedad y la contundencia en los ángulos (nariz, boca y pómulos prominentes) de las bellezas más naturales que ha dado la pintura: las de Botticelli.
El referente contemporáneo. La sonrisa inocente, la mirada de niña traviesa y la expresividad de una Julia Roberts: cualquier tonto se enamoraría de un rostro cinematográfico que contagia ilusión.
Entrevista a Julio César